Fijado en la niñez

05Jul10

Algo está pasando con  el cine. En los últimos cinco años, si pienso en mis películas favoritas, ocupan un lugar central el cine para niños. He visto muchas películas buenas, de esas que tratan cuestiones políticas importantes y que iluminan  o critican el presente en que vivimos, pero me las olvidé. Pero no hay películas que espere con más ansiedad que las de Migayaki.

Esta reflexión surge de la lectura de dos notas sobre “Donde  viven los monstruos” la nueva  película de Spike Jones, publicadas en el RADAR de Página 12, bajo el influjo de la melancolía/alegría/admiración de Toy story 3 (o toristori 3, como le dice mi sobrino) y sus quinientas dimensiones.

Comencemos con The Grufalo.

Una ardilla inventa a sus hijos, dentro de la frágil seguridad de la madriguera que habitan, la historia de un pequeño conejo y el modo en que escapa de sus predadores inventando un extraño personaje: el grúfalo. De las peripecias de este conejo trata el corto. En un momento la madre ardilla tiene que salir de su madriguera a buscar algo de comida y en la pequeña mirada preocupada que dirige hacia el cielo en búsqueda de sus posibles predadores se resume lo trágico del corto. Una mirada que no dura más que un instante, contiene más reflexión al respecto del rol de los cuentos y de la fantasía en las relaciones entre adultos y niños, de las que podría producir ver la interminable La vida es bellaon lsd. Al lado del corto, la porquería de Benigni, parece escrita para tontos, para personas que necesitan que les expliquen una y otra vez algo, cuál cursante de una materia del ingreso de una carrera que sólo le interesa “aprender” una serie de palabras ordenadas para escupir en un examen y aprobar. La película parece explicarse de modo de que los que fueron a verla puedan hablar de ella a la salida del cine sin error. De modo de que los que se dedican a premiarla con clarinetitos u oscares, no tengan duda a la hora de evaluar su orientación política o el bien que le va a hacer a la humanidad.

The grufalo es una fantasía, en la que una ardilla cuenta una fantasía a sus hijos, acerca de un conejo que para salvarse de predadores que vienen a comérselo, les inventa una fantasía acerca de un grúfalo, monstruo tan monstruoso que se alimenta de predadores y puede ser amigo de un conejo. Cada una de las capas trata del rol y la función de la fantasía en la sensación de seguridad. La mezcla de capas no deja una enseñanza clara, sino una revelación, una acerca de la que no es fácil de reflexionar, acerca de la niñez, de lo que se les dice a los niños, y por tanto, de nosotros, que somos ex niños, o niños. La sofisticación emotiva dentro del minimalismo narrativo del corto me sirve para lo que sigue.

Pixar, ahora parte de Disney, pero todavía, inverosímilmente incontaminada, ha venido filmando el mejor cine de la tierra del cuarto de libra con queso de los últimos tiempos. Entre sus producciones podemos encontrar reflexiones conmovedoras acerca del arte como Ratatuille o la mejor ciencia ficción, como la alunizante Wall-e. Dos momentos para recordar tales películas: El amor por la cocina y el arte instanciado en la escena del ratón gourmet tratando de que su amigo ratón, incapaz de comprenderlo, cuya panza expresa el devorar ansioso del que de la boca pasa a la garganta sin mediación del sabor por un lado, y la soledad abrumadora en que caemos cuándo Eva se cierra, dejando a Wall-e sólo de nuevo, a su cuidado, por el otro.

Pixar hace películas que tienen las características señaladas al comienzo. Sus competidoras se volvieron artistas de generar objetos que pueden ser leídos por personas de todas las edades. Algunas son buenas, algunas malas. Pero mi sobrino de 6 años y yo no vemos la misma película. Schrek, o los animales medio imbéciles de La era del hielo, hacen algunos chistes para él, y otros para mí. El modelo, llevado a su máxima expresión en The Simpsons, consiste en que los adultos que acompañan a sus hijos o sobrinos al cine, no se aburran tanto, o incluso la pasen bien. Arriesgo, porque vaya a saber lo que piensa un nene, que con Toy Story, Wall-e, The Groufalo, Nightmare Before Christmas, Babe, todas las fantasías de Migayaki, y, por rescatar a Disney en algún caso, con las Fantasias, especialmente la primera, lo que nos conmueve y emociona a niños y adultos, es exactamente lo mismo y por los mismos medios. Un ejemplo de esto, es el tema musical principal de todas las Toy Story, “You have a friend in me”, o, en castellano, “Yo soy tu amigo fiel” (ese con que Pergolini cierra todas las ediciones de Cuál es hace tiempo), del cual mi sobrina de 2 años, mi sobrino de 6 años, Pergolini y yo somos fanáticos (algo que suele pasar con las canciones de María Elena Walsh, al menos entre mis sobrinos y yo, no sé si le gustan a Pergolini).

El nudo emotivo de Toy Story 3 es sublime y debería ocupar el lugar de las mejores escenas filmadas en el cine. La premisa de Toy Story es simple y trillada, los juguetes (cuál mesas cortacianas que cuando no las vemos levantan la pata) cuando están solos, cobran vida. En realidad no, cuando están con nosotros, y en esta diferencia radica el nudo trágico de la historia, simulan no tenerla. Se quedan quietos, disfrutando o sufriendo de nuestras acciones. Desde la primera película el planteo es del paraíso perdido, es trágico. Pues los juguetes, que se deben de manera fiel y completa a sus niños (sus dueños), son abandonados sistemáticamente cuando estos crecen y van optando por juguetes más elaborados, al principio, o por adolecentes del sexo opuesto, guitarras, Ipods y teléfonos, luego. Su destino, con suerte, será el del altillo. Generalmente, la basura.

Por supuesto que las películas tienen un montón de referencias que sólo pueden ser captadas por adultos, en particular, todas las maravillosas referencias de género cinematográfico. Pero la escena a la que me refiero, no. Creo.

Al final de la película (no lean este párrafo si no quieren enterarse del final), Andy,  el dueño de Woody, el vaquero que protagoniza la película, sale del dilema basura / altillo (que cual un cielo e infierno, los juguetes imaginaban como únicas opciones) regalándoselos a una niña que volverá a jugar con ellos (que jueguen con ellos, por supuesto, es la fuente de placer y de sentido más importante para los juguetes). El momento de mayor emoción de Woody en las tres películas, el momento en que todas las angustias del juguete se disipan transformándose pura felicidad, es cuando Andy, que se está yendo a la universidad, le cuenta a la niña por qué Woody es su juguete preferido. Incluso juega por última vez con él como despedida en una escena absolutamente conmovedora. La genialidad de la película es que durante todo ese momento, Woody debe permanecer quieto, porque está frente a humanos. Cada primer plano de su cara y de sus ojos, se encuentran con un muñeco con sonrisa de muñeco. El mundo de emociones que Woody está sintiendo no es expresado. Pero está allí. La paradoja, la empatía absoluta sentida por un ser absolutamente inexpresivo, abre la puerta a la epifanía, que vaya a saber uno cuál es, pero que tiene que ver con el constante alejamiento de la juventud, seguramente, y que te sigue acompañando, con la musiquita, por semanas una vez terminada la película.

Spike Jones filmó un libro de esos que tienen 6 frases en 10 páginas llenas de dibujos para nenes que no saben leer todavía, aparentemente bastante famoso entre ese tipo de producciones.

El libro es de Maurice Sendak, y se llama Where the wild things are, o en castellano, Donde viven los monstruos. La película, me parece, es una de las mejores de Spike Jones, y la adaptación, que en primera instancia parece imposible, es una de las mejores adaptaciones jamás realizada de una obra literaria al cine. Relatar la película es imposible. Puedo decir que un nene se enoja, se va de la casa, se toma un barco, llega a una isla en la que viven unos monstruos que se lo quieren comer, los engaña, lo declaran rey, descontrolan, bardean, gritan, patalean, se pelean, se abrazan, hasta que vuelve a su casa. Parecido a lo que pasa en el librito original. ¿Cuál es el tema de la película? Tal vez la niñez, las emociones en la niñez, particularmente el enojo. Creo. No importa. La película es una revelación, ¿de qué? No sé. De lo que revela. Mírenla.

O lean las notas de Maria Gainza y Mariana Enriquez de RADAR que están muy bien. Del documental que Jones filmó acerca de Sendak, Enriquez extrae el final de su nota. Y yo le robo ese final:

Sendak (gay de  80 años aparentemente muy depresivo que parece un personaje de Burton) dice: “La única verdadera felicidad en mi vida es dibujar. Todo lo que me atormenta se desvanece cuando lo hago, porque es lo que quiero hacer y sé que lo hago bien. Porque estoy fijado en la niñez, no lo sé. Quizás porque en el fondo no creo en esa demarcación. O porque creo que se les debe hablar de otra  manera, que se les puede decir cualquier cosa mientras sea verdad. O quizás porque, supongo, es en la infancia donde quedó mi corazón”.

No todos somos gays o tenemos 80 años. No todos matamos a un amigo de niños, como parece que hizo él, y razón por la cuál  él cree que quedó fijado en la niñez. Sin embargo, me parece, todos nos sentimos igual. La falacia de que hay sensaciones y emociones adultas, de que existe la adultez, oculta que lo único que diferencia a un niño de un adulto es el desgaste, la desilusión y las perdidas. Vincent, Woody, Chihiro, Alice, etc. al revelarnos esto, revelan la última epifanía, la que nos revela en nuestra esencia pre lingüística, en pañales y en soledad, intentando comprender lo incomprensible.

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2 Responses to “Fijado en la niñez”

  1. Dónde viven los monstruos! Me encantó esa película. De hecho la considero muy interesante para explorar esa ira que parece explotar sin razón en algunos niños y jóvenes, de alguna manera la travesía por ese mundo de monstruos le sirve al pequeño protagonista como espejo de una parte de sí mismo; la banda sonora es muy bella, me gustó la atmósfera que contribuye a crear… Recomendable de verdad. Ojalá me tropiece algún día con el libro, lo leería con gusto.

  2. Digamos que si hay algo que expermientan los niños, los jovenes a punto de dejar de serlo, los maduros, etc., es que uno necesita expresar de alguna forma (llanto, taparse los ojos, abrir extremadamente los ojos, risa, etc.) algo que está ocurriendo y que no es lo esperable. Creo que lo bueno de esta Toy Story es que sabemos que es una película de escape de la cárcel – y hay varias y buenas – y sin embargo, cada paso más cerca de la “libertad” – que, encima, es tan confuso como su destino – altillo/basura/universidad – implica un nuevo paso en la creatividad, una nueva forma de desarrollo emocional, mental, físico de cada uno de los juguetes y que cuando se descubre ese nuevo paso, nunca chasqueamos la lengua, nunca pensamos en lo inverosimil sino que nos deslumbramos ante lo obvio de la resolución que nunca esperamos ni vimos venir.
    Y por cierto, el mono de los platillos es un personaje digno de una película poblada de muchos drogadictos nerviosos.


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